La leyenda detrás del Réquiem de Mozart

La leyenda detrás del Réquiem de Mozart

Es el verano de 1791 en la ciudad de Viena. Hay una casa en la que apenas se distingue la luz en su interior, está cobijada por la noche, la luz de la luna y una neblina densa. Dentro observamos a una persona con aspecto febril; parece que está enfermo de gravedad. Resulta ser el gran compositor Wolfgang Amadeus Mozart quien trabaja en su ópera La clemencia de Tito.

De pronto, súbitamente tocan la puerta. Un toc toc seco resuena en el hogar del compositor. Mozart intenta abrir, pero primero se pone de pie como puede, camina hacia la puerta con titubeos y cuando la intenta abrir, al más mínimo movimiento, esta se abre de golpe gracias al efecto de un viento frío. Mozart retrocede.

Un hombre alto y delgado cubierto con una túnica gris está frente al compositor. Este lo ve atentamente y con voz aguardientosa dice: “Señor Mozart…una misa de Réquiem, para un alto e importante personaje. Usted es el indicado para llevar a cabo la tarea”. Mozart no comprende lo que está escuchando y de pronto el sujeto le arroja una bolsa llena de monedas. “Habrá más de donde vino eso, se lo prometo. Pero primero, la misa”; dijo el extraño, y añade; “Volveré, señor Mozart, volveré”.

Sin decir ni una palabra más, se dio media vuelta y se fue. Wolfgang, que sudaba en frío, observa la bolsa y, en efecto, estaba plagada de monedas de oro. Levanta su cabeza y la dirige hacia el lugar donde se fue el extraño, quien se perdía entre la neblina cuando partía. Rápidamente, Mozart se puso a trabajar en la obra en esa misma noche. Desde ese momento pensó que el extraño era una aparición mística que le había llegado a dar un aviso, es decir, dadas las condiciones de su salud que empeoraban con los días, concluyó que el mensaje sobre escribir una obra de carácter fúnebre era para sí mismo. El Réquiem era para él.

La pequeña historia contada anteriormente resume la leyenda sobre la obra de Mozart. Hoy en día se sabe que el extraño resultó ser un emisario del conde Franz von Walsegg, músico aficionado cuya esposa había fallecido. Él quería que se escribiera una obra para celebrarse y tocarse en una Misa, por esta razón, encarga un Réquiem (misa de difuntos). Sin embargo, el objetivo del conde es que se crea que él se la escribió a su difunta, por esta razón, durante mucho tiempo permaneció en el anonimato.

Lamentablemente, el conde no consumó su objetivo pues Mozart fallece un 5 de diciembre de 1791 sin haber podido terminar la Misa. Sólo llegó a poner algunos compases del Lacrimosa y su discípulo, Franz Xaver Süssmayr, fue quien tuvo que terminarla según las indicaciones y estilo de su maestro.

Esta leyenda se magnifica con la obsesión de Mozart por la muerte después de haber perdido a su padre, aunado al extraño que se paró frente a él y a su supuesta vinculación con la francmasonería. Todo esto, abre una historia que dignifica la imagen del célebre compositor que, dicho sea de paso, es de los más grandes que ha pisado este planeta.

Esta obra denominada como La Misa de Réquiem en re menor K. 626, es la última compuesta y de las más famosas. Sea o no verdad su leyenda sobre esta, no podemos dejar a un lado el culmen de su talento y su dominio de los sonidos que, pese a no estar en óptimas condiciones, logró componer una obra lúgubre que al escucharla podemos pensar en lo hermosa que es ante nues

tros oídos.

Mozart nunca pudo encontrar un trabajo estable y que le brindara estabilidad económica. No obstante, su muerte súbita y la leyenda que gira en torno a ella no es más que una analogía de la muerta que, en cualquier momento, puede llegar a tocar a nuestras puertas para pedirnos hacer nuestro Réquiem.

Fuente: Conciertos de Mozart