Hilma af Klint, la pionera del arte abstracto guiada por espíritus

Hilma af Klint, la pionera del arte abstracto guiada por espíritus

Cuando se nombra a los fundadores de las abstracción, Kandinsky, Mondrian y Malevich son los nombres que más se repiten de memoria que marcó un antes y un después.

Se sabe ya que antes que ellos hubo una mujer audaz, una pintora singular que eligió que su trabajo fuera revelado al mundo recién dos décadas después de su partida, ya que el público no estaba preparada para entenderlo, hablamos de Hilma af Klint.

Nació en Solna, Suecia y pudo estudiar en la Real Academia Sueca de las Artes de Estocolmo, uno de los pocos centros que admitían a mujeres de toda Europa. Allí aprendió a pintar académicamente, pero a ella le hervía algo en su interior, algo espiritual y quizás fue debido a la trágica experiencia de acompañar en el lecho de muerte a su hermana de diez años, como una forma de buscar respuestas.

Durante el siglo XIX la corriente espiritista estuvo en auge y muchos eran los seguidores que creían en la capacidad humana de comunicarse con el más allá y, como muchos de sus contemporáneos, Klint no cesó de buscar el conocimiento espiritual.

En 1896 Hilma y cuatro artistas amigas suyas formaron un grupo esotérico llamado “Friday Club” o “Las Cinco”, este grupo fue la base de su pintura abstracta. Estas mujeres se reunían todos los viernes y organizaban sesiones espirituales, que incluían el estudio del Nuevo Testamento, ejercicios de meditación, oraciones y espiritismo, registraban los mensajes recibidos por el más allá y practicaban la escritura y el dibujo automático. Durante sus sesiones, Hilma y sus compañeras contaban que establecían contacto con seres espirituales que ellas llamaban “Los Altos maestros”.

En 1906, 10 años después de empezar con el grupo, la artista recibió un encargo muy especial. Ella explicaba en sus diarios que un espíritu llamado Amaliel le encomendó una tarea: crear “Las pinturas para el templo”. “Amaliel me ofreció un trabajo y respondí inmediatamente que sí”, escribió Hilma en sus cuadernos.

Klint se empeño en plasmar en los cuadros este mundo espiritual, pero en la época no estaba muy bien visto eso y menos para una mujer que bien podría ser acusada de brujería, por lo que además de sus experimentos que continuaron de manera secreta, siguió practicando cuadros “normales” para ganarse el pan.

Hilma estaba convencida de que

la realidad no se limitaba al mundo físico y que además de este existía otro que era tan real y verdadero como el material. A diferencia de otros artistas abstractos, Klint no quería “disolver la realidad”, sino hacer visible lo invisible y mostrar todo lo que hay más allá del mundo físico que conocemos.

La artista abandonó la pintura en 1925 para dedicarse a la teosofía, ya que el arte abstracto ya estaba consolidado y muy poca gente sabía quién era.