Portentos y monstruos

La imaginación del hombre es infinita. Hallamos monstruos en las paredes, vemos luces extrañas en el cielo, tememos a criaturas grotescas. Ante esto podemos horrorizamos o inventar historias interesantes. Cuando se hablaba de tierras desconocidas y lejanas la gente también lo hacía, creían en portentos y prodigios, en monstruos que vagaban en lugares extraños. Un prodigio es un “suceso extraño que excede los límites de la naturaleza”. Por ejemplo, los nacimientos anómalos. El mundo clásico era proclive a los portentos o prodigios, que se interpretaban como signo de desgracias. Estos sucesos maravillosos iban desde el nacimiento de niños de doble sexo hasta lluvia de sangre. En el Libro de los prodigios (siglo IV) de Julio Obsecuente se narran lo siguiente:

Cayeron derribadas por continuas tormentas algunas estatuas del Campidoglio… En el banquete de Júpiter, las cabezas de los dioses se movieron a causa de un terremoto; volcó un plato con los manjares preparados en honor de Júpiter. Los ratones mordisquearon las olivas de la mesa (…)

Un avis incendiaria y un búho fueron vistos en la ciudad. En una cantera un hombre fue devorado por otro… Miles de personas murieron cubiertas por las aguas del Po desbordado y del estanque Aretino. Llovió leche dos veces. En Norcia nacieron dos gemelos de una mujer libre: una niña con todos los miembros intactos y un niño con el vientre abierto por la parte de delante, de modo que se podía ver el intestino al aire, sin abertura en la parte posterior; el niño, tras haber dado un vagido, murió.

Es probable que estas anomalías hayan sido la base de monstruos que, se decía, habitaban en tierras de África o de Asia y de los que se conocía muy poco. En Job aparece lo que probablemente era un cocodrilo, pero que pasó a la tradición conocido como el Leviatán:

No hay quien se atreva a provocarlo. ¿Quién sería capaz de resistirlo? ¿Quién fue a su encuentro impunemente? ¡Nadie bajo la capa del cielo! No pasaré sin hablar de sus miembros, hablaré de su fuerza incomparable. ¿Quién abrió la envoltura de su manto y penetró en su doble coraza? ¿Quién abrió la puerta de sus fauces? ¡El cerco de sus dientes infunde terror! Su dorso lo forman hileras de escudos, cerrados con sólido sello; tan estrechamente unidos están, que no dejan paso al aire; encajan unos con otros, tan juntos que no pueden separarse. Sus estornudos despiden luz, sus ojos son como los párpados de la aurora. De su boca salen antorchas, centellas de fuego saltan de sus fauces. De sus narices salen vapores c

omo de caldera que hierve al fuego. Su soplo enciende carbones, llamas dimanan de sus fauces. En su cuello se asienta la fuerza, por delante de él va el espanto (…) La espada que lo alcanza no se clava, ni la lanza, ni el dardo, ni la flecha. El hierro es para él como la paja, y el bronce como tronco podrido (…)

El Leviatán, hombres salvajes “parecidos a gigantes, con ojos de fuego y aspecto de león”, son algunas de estas criaturas que han quedado impregnados en libros antiquísimos. No cabe duda, nuestra imaginación nos hace volar, los monstruos están en todas partes.

Autor entrada: Patricia Miros