La vida después del COVID-19

Antes de la pandemia el tiempo no era suficiente, también queríamos descansar, leer, escribir, pintar paredes, cuidar las plantas, estar en casa. Pensábamos en los días de la semana, “odiamos los lunes y, en cambio, soñamos con viernes gloriosos”. Ahora nos resguardamos en casa y los planes se han modificado, “¿cuál será el primer sitio al que iré cuando pueda salir?” No avanzamos en las páginas de un libro, ni terminamos de limpiar la cocina. La sensación de encierro, de no poder ir más allá de la puerta se manifiesta todo el día. Para algunos

el mundo se ha reducido a un pequeño departamento en el que observamos desde la ventana, como si algo esperáramos, pero nada sucede. Estamos en la fase más crítica de la pandemia y lo único que nos mantiene es la esperanza de que pronto terminará, volveremos a las calles, lucirá la ropa de verano y algunas sonrisas.

 Es lamentable que las exigencias sigan siendo mayores. Las preocupaciones están en el aire, tantos proyectos y terminamos en la cama mirando el techo, sin hacer nada. Mucho menos con la cantidad de noticias y cifras que aparecen por todas partes. Quizá el confinamiento sea para nosotros mismos, para la empatía, solidaridad y una oportunidad de descubrir y cambiar. Ya entendimos que no hay que temer al aburrimiento, pero hay miles de cosas que podemos crear, el arte quizá nos ayude a encontrar respuestas, pues de las crisis han salido las mejores obras. Quizá este tiempo lo recordaremos por ellas, porque tiempos como estos nos llevan a ser más sensibles.

Autor entrada: Patricia Miros