El origen de los rompecabezas

El puzzle, cuya palabra significa enigma, surge por una necesidad pedagógica. En 1766 John Spilsbury ideó una forma de que los niños aprendieran geografía: montó un mapa de Europa en una tabla y serró con cuidado los bordes de cada reino. De esta manera, los estudiantes aprendían entretenida y fácilmente. Después de algunos años su invento se hizo moda y puso a la venta puzzles de los cuatro continentes, el mundo, y temas que creyó de interés. Los rompecabezas siguieron vendiéndose como herramienta pedagógica hasta 1820, cuando se convirtieron también en un juego para adultos.

Originalmente las piezas eran de madera. En el siglo XX el rompecabezas se convirtió en uno de los pasatiempos preferidos de la clase burguesa estadounidense y su fama se extendió a Europa. Las piezas tenían que cortarse a mano, con delicadeza, para que encajaran a presión. No se proporcionaba ninguna pista al jugador adulto y el precio era elevado, por lo que sólo podían adquirirlo los de la clase alta.

En el mismo siglo aparecen las obras figurativas y las piezas que encajan entre sí. Se introdujeron trucos, como los bordes irregulares y las falsas esquinas, para confundir a

los jugadores. Entre los años 20 y 30, época dorada de los puzzles, la temática era variada, y, aunque el material preferido seguía siendo la madera, se empezaron a crear rompecabezas de cartón, lo que ayudó a que fueran de acceso para todo público, provocando que los fabricantes aumentaran el nivel de dificultad. 

Separar las piezas por colores, encontrar los marcos y esquinas, unir líneas y formas, encontrar figuras, requiere de concentración y tiempo. Cada una de las piezas, ahora cortadas automáticamente, forma parte de un mapa que ya ha sido trazado. De esta manera, el puzzle es un arte que, como todas, exige a todos tus sentidos.

Autor entrada: Patricia Miros