Caminos de la montaña

Un retrato íntimo de La Sierra de Zongolica

El camino está lleno de curvas. Desde lo alto pueden verse las casas de madera y el bosque exhalar humedad y aves de colores; gente trabajando en el campo y niños con abrigos de lana expelen humo mientras platican. Es invierno y el frío no detiene, a pesar de ser intenso. Zongolica se encuentra en las altas montañas de Veracruz, en el corazón de un lugar con la historia a flor de piel y olor a café. Las mujeres venden artesanías en la plaza los domingos: ollas, comales, vasijas. También hay tejidos de lana teñidos con colores vegetales, donde plasman historias y sueños.

Desde el patio de la casa de don Julio Coyohua pude mirar a Cristo en lo alto de la montaña observarnos todo el tiempo. Una larga calle y una escalinata de piedras nos llevó a una capilla en la cima de un cerro; ahí se observan las manchas de luz y colores, más cerros grandes y verdes, el bosque vivo que reclama y murmura. Subimos la escalera de caracol, perdí la mirada primero en lo azul, el cielo parecía tan cercano; luego en la capilla, pulcra y hermosa con inscripciones en latín y flores frescas.

Algunos kilómetros en auto y nos detuvimos a la orilla de la carretera, Zongolica se había quedado atrás. Nos dijeron que desde ahí se observa el rostro de Cristo dibujado por el relieve de las montañas, pero el clima no nos permitió avizorarlo, y unos minutos después nos vimos envueltos en una nube blanca y fría.

Regresamos a la casa en medio de una lluvia tranquila para tomar café caliente. Era diciembre y afuera había silencio. Nosotros, con tazas de barro en las manos, compartíamos historias y palabras en náhuatl. Me estremecí por el sonido armónico, pero deseaba poder completar el rompecabezas y hallar significado a lo que me decían. Ojalá pudiese haber compartido como ellos la lengua náhuatl. Don Julio Coyohua Zopiyactle, quien lleva en sus venas la sangre de sus antepasados, nos contaba lo orgulloso que se siente de hablar su lengua materna. Desde pequeño aprendió a pedir permiso a la tierra antes de sembrarla y, más grande, compartir un trago de aguardiente con sus familiares antes de plantar las semillas. Su mirada parecía nostálgica: “que las lenguas vuelen y se esparzan, que la tierra no deje de sentirse en familia, porque aquí estamos para disfrutar con ella lo que nos ofrece”.

Autor entrada: Patricia Miros